Podría ser cierto
La vida en Londres se desarrolla entre un conjunto de madrigueras interconectadas. Uno puede saber por el estilo de quienes pululan ese día por la maraña de su transporte público qué clase de evento va a desarrollarse en las riberas norte o sur. El concierto de Beyoncé trae consigo un mayor número de chicos altos y maricas, chicas con sombreros cowboy de tonos tierra, gente animada y joven dejando una estela de olor a vainilla a lo largo de las líneas Norte y Overground. Los eventos literarios de la tradición neoyorquina suben hordas de chicos despeinados a la línea Victoria, con jerséis de lana y rubor alcohólico. El aire en el espacio de eventos está cargado de energía social maníaca. Las chicas escasean y parecen imposibles de asir, vestidas con harapos ajustados goblincore, residuos de los 2000, ramas móviles de una rave bosquimana que nunca termina.
El MC de estas lecturas exhorta a un grupo de chicos a que ¡SALGAN! ¡Vayan a buscar a alguien guapo con quien besarse y follar! Mi evento literario, le dice a The Guardian, es el único que folla. Me expondrán en el museo arqueológico, embalsamada en cerveza y vergüenza. Ojalá se girase para decírmelo a mí. Contestaría muy rápido, no ves que soy bollera, una bollera de categoría superior, te reto a que encuentres en este grupo a una bollera más bollera que yo, solo así rompería mi celibato, ahogada contra la almohada por una mujer hecha entera de cadenas y alambre, con unas manos enormes que me asfixien hasta morir y desmayarme.
La mejor de las lecturas es una historia sobre esconderse en los armarios de tu casa como un animal suelto y mirar a tu hermana escupiéndole a tu padre en la boca. Los americanos son, en esta ocasión, oradores más carismáticos que los británicos. Por desgracia, les encanta subirse a un escenario delante de cientos de personas a decir cosas como “art is under attack”, y luego leer ensayos de veinte páginas sobre ser GenX-er en Nueva York. Giuliani debería haber legalizado la heroína.
Todo el mundo bebe y durante el descanso hay que ir al supermercado a reponer cervezas. ¿Cuántas veces puede un poeta irlandés decir “mis ancestros”? Las lecturas se acaban e intento encontrar a mi amigo en un mar de conocidos. Jugamos a Marco-Polo por mensaje de texto. Estoy fuera, bajo un tejado falso, pero cuando salgo ya no está, los tejadillos huelen a madera mojada y a tabaco. Me quedo hablando con un chico de Newcastle hasta que las chapas de su gorra cambian y la escena de Paris, Texas da paso a The Brown Bunny. Mi amigo mientras tanto está con la crítica de arte de una revista online, que a su vez está con un Fabio Lanzoni anglosajón con dinero hereditario. No me despido de ninguno de los tres.
Junto a la parada de autobús, un mendigo le grita a la acera vacía de enfrente. Su voz es gutural y apelmazada. Un estanque de ranas con forma de hombre. En el autobús me cuesta enfocar las palabras. Leo sobre los participantes de una carrera de barcos transpacífica volviéndose locos en alta mar. A lo mejor, pienso, Julio César tenía razón. Esta isla es un barco camino al fin del mundo.



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