El visitante
Lo vi mientras cenaba. Primero los ojos amarillos, de un amarillo sanguinolento veteado de venas, que a la escasa luz de mi ventana parecía brillar en la oscuridad. Poco a poco le distinguí el pelaje oscuro y me di cuenta de que temblaba, todo vibrante menos la mirada fija en mi plato y en la cuchara colmada de ternera y menestra que me llevaba a la boca. Más de cerca, cuando dejaba junto a él un cuenco de peltre, pensé que tenía los mismos ojos parduzcos y salientes de mi tía, y vi en la redondez temblorosa de su lana la chepa de la tabernera. Se me hizo entonces antipático el visitante, recordatorio de los tiempos de recadero cuando ya tocaba avisar de la extremaunción de mi madre a lo largo de La Requenense. Me tentó decirle al animalillo lo que no dije entonces: “no finjas que no me recuerdas, porque sé que hablabas con mi madre de mí” y echarle en cara que siempre he estado aquí, que esta es mi casa y que nunca me fui a Madrid ni a Torremolinos ni a ninguna otra parte, siempre para cuidar, cuidar tanto que llegado el momento de comprar la casa ni siquiera mi hermano puso pegas, y no me racaneó más que lo justo.
El desagradecido visitante ya se había ido y no dije nada.
Empezó a aparecer durante el día, en los arbustos del perímetro izquierdo donde la maleza había cubierto la idea de una tomatera. Los ojos amarillos me seguían atentos cuando daba la vuelta a la casa, camino al jardín. Ya no temblaba ni parecía hambriento y, aunque ahora pienso que lo oí reír, en realidad no estoy seguro. Me alegré cuando apareció otro. Así no tendría que prestarle atención, aunque no me hubiera acercado a él más que el día de la menestra. Mi preocupación entonces era lo que el Diario de Castilla-La Mancha había llamado ‘El jardín de rosas más grande de La Manchuela’. Los visitantes se retiraron de las malezas a la antigua caseta de perro y ya no los veía cuando iba a regar. El gran orgullo de mi madre, bastas matas de rosal de parque dispuestas en hileras sin gracia, un horror vacui floral y uniforme sobre el que podía ver ponerse el sol y no sentir nada.
Eran de repente una docena. Agolpados en la caseta, bisbiseando los unos sobre los otros en su pelo mezclado, pequeñas hienas. Buscaba entre todos al original, redondo y pardo, pero todos eran originales, redondos y pardos. Todos me miraban con los mismos ojos saltones y cuanto más me miraban más se reían, hasta que no pude aguantarlo más y esparcí la plaga a manguerazos, hacia el seto exterior y más allá. Volvieron, claro. Todas las noches cenando miraba por la ventana y sabía que volverían. Distintos grupos en distintos puntos, han tomado posesión de la maleza y solo la manguera y la cobertura de invierno los mantienen fuera de los rosales. Ahora no puedo dormir, ríen de noche. En la duermevela alucinada veo a mi madre con su pala de mano y a mi tía chepuda y a mi hermano y a su segunda mujer. Acaso el jardín, que es mi jardín, ya esté tomado. En términos estadísticos, el jardín de rosas más grande de La Manchuela no es una gran pérdida. Puedo dejar de gritar y de azuzarles, dejar que llenen el espacio entre los troncos y que se pinchen ellos con las espinas. Dormiría por fin, hasta que se hicieran hueco dentro de la casa, en la pequeña bodega de piedra del sótano y en el hornillo y en la chimenea y después, poco a poco, en la planta baja, poniendo mi tocadiscos, haciéndose cenas con mis compras, trepando y trepando por la escalera hasta la habitación donde se pondrían mi bata y mis pantuflas y se meterían en mi cama, todos apiñados hasta que ya no cupiera yo, y tendría entonces que irme, coger el autobús (tendrían también las llaves de mi coche) hasta alguna pensión donde estaría también apiñado con otros hombres, pero donde al menos ellos no habrían llegado todavía. En algún momento se harían con el espacio de todos los hostales. Tendrían ocupados todos los asientos de autobús. Desaparecerían todos los jardines de rosas del mundo.


